Hoy estamos de aniversario… 207 años de la Capitulación de los Sitios de Zaragoza

Sí, sí, como lo leen. Un día como hoy, 20 de febrero, en 1809, se producía el famoso episodio de la Capitulación de los Sitios de Zaragoza. Hoy hace 207 años. Y siguiendo el primer punto de nuestros objetivos, obviamente, no podía dejar pasar esta efémeride, tan importante para la capital aragonesa.

El 20 de febrero de 1809 se firmó la Capitulación de Zaragoza, como digo, una fecha que puso fin al segundo Sitio que sufrió la ciudad desde el 21 de diciembre del año 1808.

El mariscal Lannes narró en una carta a Napoleón: El Sitio de Zaragoza no se parece en nada a la guerra que nosotros hemos hecho hasta ahora. Estos desgraciados se defienden con un encarnizamiento del que no se pueda dar idea. En fin, esta es una guerra que da horror.
Pero el avance de los invasores resultó imparable y la defensa desesperada de todos sus habitantes, fue el preludio de mencionada capitulación (=rendición con condiciones).
Los acontecimientos se precipitaron, y el Capitán General aquejado de fiebres, dejó el mando, por lo que la Junta presidida por Pedro María Ric, decidió no resistir más y el 19 de febrero de 1809 mandó izar bandera blanca en la Torre Nueva.
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La Torre Nueva de Zaragoza. Copia en papel. Fuente: Archivo Municipal de Zaragoza (Sign. 03090).
Tras ese duro asedio de 52 días, la Capitulación se firmó el día 20 y los pocos supervivientes que quedaron salieron de la ciudad por la Puerta del Portillo el 21 de febrero de 1809. Viendo a esas gentes con tal mal aspecto, los franceses no comprendían como habían logrado detenerlos durante dos meses a ellos, el mejor ejército del momento.
Defensores de Zaragoza
Los Defensores de Zaragoza, M. Orange.

Este cuadro, según reseña tomada de La Ilustración Artística nº 598 del año 1893 representa el momento en que los defensores de la inmortal ciudad, “agotadas sus fuerzas, no su valor”, [1] desfilan ante las tropas del mariscal Lannes, arrojando al paso sus armas al pie de los vencedores.

En en verdad, muchos éxitos tuvo esta pintura, la cual produjo verdadera sensación en el actual Salón de París de aquel año 1893: como composición es grandiosa, clara, bien dispuesta, eminentemente dramática, y en sus menores detalles revela el talento de su autor y como cuadro histórico es exacto y demuestra cabal estudio del asunto. Para nosotros los españoles tiene otro merito no pequeño, y es el de la justicia rendida por un francés a uno de los más gloriosos hechos de nuestra historia moderna: estamos tan poco acostumbrados a que en Francia se trate seriamente de las cosas de España, que no podemos menos que agradecer al genial pintor M. Orange, que en su magnífica obra haya pintado a nuestros héroes tales como fueron y haya glorificado tan dignamente como se merecen a los heroicos defensores de la capital aragonesa […]. 

Además, este cuadro sirvió de base para el Cartel de la Exposición conmemorativa del Bicententario de los Sitios de Zaragoza.

Para finalizar, y como motivo del 207 aniversario, mañana se recreará en los jardines de la Aljafería la entrega de armas y claveles por personal uniformado y con traje civil de época recordando a nuestros antepasados. Demostrando que la guerra no es la mejor opción a adoptar en cualquier enfrentamiento.

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[1] palabras textuales de un crítico francés al hablar del cuadro de Orange.

Recomendación bibliográfica: 

http://www.historiadelossitiosdezaragoza1808-1809.es/capitulacion.htm

Anexo:

La Junta de Defensa, convocada secretamente, presidida por el Regente de la Audiencia, Pedro María Ric, e integrada por tan sólo ocho de sus treinta y cuatro miembros, salió al caer la tarde por la Puerta del Angel, escoltada por fuerzas francesas, para alcanzar la Aljafería y, desde allí, trasladarse a Casablanca, donde estaba asentado el Estado Mayor del mariscal Lannes, duque de Montebello. El vencedor, tras recriminar a los representantes de la ciudad por su resistencia y actitud beligerante a los dictados del rey José I y del emperador Napoléon, exigió la inmediata puesta en libertad del depuesto Capitán General Guillemi y del conde de Fuentes —servidor del monarca intruso, quien permanecía detenido desde las jornadas anteriores al primer sitio—, recluidos en el castillo de la Aljafería. Después, hizo firmar a los presentes el documento de capitulación —que habría de ser ratificado después por todos los miembros de la Junta, obligándose, incluso, al moribundo Palafox a hacerlo a punta de pistola—, en el que tras declarar que siempre había sido intención del mariscal Lannes salvar la ciudad —auténtico sarcasmo vertido sobre la sombra de tanta sangre, destrucción y muerte—, acordaba un perdón general del Rey y del Emperador para quienes cumpliesen las condiciones fijadas en los once puntos siguientes:

«Artículo 1º: La guarnición de Zaragoza saldrá mañana 21, al mediodía, por la puerta del Portillo con sus armas, y las depositará a cien pasos de dicha puerta.
«Artículo 2º: Todos los oficiales y soldados de las tropas españolas prestarán juramento de fidelidad a Su Majestad Católica el Rey José Napoleón I.
«Artículo 3º: Todos los oficiales y soldados españoles que hubieran prestado juramento de fidelidad, quedarán libres de entrar al servicio de Su Majestad Católica.
«Artículo 4º: Los que de entre ellos no quisieran entrar al servicio, quedarán como prisioneros de guerra a Francia.
«Artículo 5º: Todos los habitantes de Zaragoza y los extranjeros que en ella se encuentren, serán desarmados por los Alcaldes, y las armas depositadas en la puerta del Portillo el día 21 a mediodía.
«Artículo 6º: Las personas y las propiedades serán respetadas por las tropas de Su Majestad el Emperador y Rey.
«Artículo 7º: La religión y sus ministros serán respetados. Se colocarán guardias en las puertas de los principales edificios.
«Artículo 8º: Las tropas francesas ocuparán mañana a mediodía todas las puertas de la ciudad, el castillo y el Coso.
«Artículo 9º: Toda la artillería y las municiones de toda especie se entregarán a las tropas de Su Majestad el Emperador y Rey mañana a mediodía.
«Artículo 10º: Todas las cajas militares y civiles se pondrán a disposición de Su Majestad Católica.
«Artículo 11º: Todas las administraciones civiles y toda clase de empleados, prestarán juramento de fidelidad a Su Majestad Católica. La Justicia será la misma y se rendirá en nombre de Su Majestad Católica el Rey José Napoleón I».
Algunas horas después y de nuevo en la ciudad, todos los miembros de la Junta de Defensa, con la excepción de Pedro Miguel Goicoechea, ratificaron el acta de capitulación, se informó al moribundo Palafox de lo acordado y se refugiaron en la Aljafería mientras en Zaragoza hervían las manifestaciones contrarias a la entrega de una ciudad destruida e insalubre, sembrada por más de seis mil cadáveres e iluminada por los incendios. El propio general Léjeune, testigo excepcional de aquellos meses, describe la salida humillante de los defensores vencidos en la mañana del día 21: «La columna española salió ordenadamente con sus banderas y armas. Nunca pudo nuestra vista contemplar un espectáculo más triste y conmovedor. Trece mil hombres enfermos con el germen del contagio en su sangre, enflaquecidos horriblemente, de barba negra, larga y descuidada, con fuerza apenas para sostener sus armas, se arrastraban lentamente al sonido del tambor. Sus trajes sucios y en desorden, bosquejaban un cuadro de la más espantosa miseria. Un sentimiento de arrogancia y orgullo indefinibles aparecía en los rasgos de sus semblantes lívidos, ennegrecidos por el humo de la pólvora y sombríos por la cólera y la tristeza… En el momento en que estos bravos depusieron sus armas y entregaron sus banderas veíaseles presa de un violento sentimiento de desesperación. Sus ojos chispeaban de cólera».
Los vencedores no fueron generosos, ni siquiera estrictos con los términos de la capitulación que habían impuesto. El saqueo del tesoro del Pilar fue el preludio de una feroz represalia que, selectiva y minuciosamente preparada, empañó la victoria. Los nombres de los eclesiásticos Boggiero, Sas y Consolación son solo la vanguardia de los dos centenares largos que fueron exterminados camino de Alagón, cuando con el enorme contingente de militares que no habían querido prestar juramento de fidelidad al rey intruso, eran conducidos a Francia. La piedad del vencedor tampoco fue estimulada ante la imagen de Palafox, quien en el lecho en el que se adivinaba la proximidad de la muerte, fue obligado trasladarse a Casablanca con objeto de firmar el texto de la capitulación, humillándose ante el mariscal Lannes. Es más, habiéndose agravado su estado hasta el punto de recibir la Extrema Unción el día 24 de febrero, fue desarmado y convertido en preso de estado, que no de guerra, de acuerdo con las órdenes precisas de Napoleón en tal sentido, que incluían su traslado a Francia, siendo recluido en el castillo de Vicennes bajo el nombre supuesto de Pedro Mendoza, para borrar todo rastro de su persona. Mientras tanto, los 12.000 prisioneros llevados a Francia, de los que morían diariamente a consecuencia de su estado y de las penalidades de la marcha de 300 a 400, merecían de Napoleón la consideración que puede extraerse de sus palabras sacadas de unas instrucciones dadas al ministro de la guerra el 6 de marzo de 1809: «Recomendaréis un régimen severo y que se tomen medidas para hacer trabajar a estos individuos de buen grado o por la fuerza. Son en su mayoría fanáticos que no merecen ninguna consideración»

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